AUTORIDAD NO ES LO MISMO QUE PODER.

Los que peinamos ya algunas canas, recordamos aquellos tiempos pretéritos en los que el poder se ejercía con autoridad. Ambos, poder y autoridad, eran inseparables: en la política, en la escuela, en la familia, etc… en cualquiera de los estamentos sociales. Uno complementaba al otro y uno no se daba sin el otro. Es más, socialmente se consideraba incluso que tenía que ser así. También en la Iglesia. Muchas veces, a lo largo de la historia, la Iglesia, nuestra querida Iglesia, ha evangelizado con autoridad y con poder. Claro, muchas veces, de aquellas tempestades, estos lodos.

También es verdad que hay hoy en día quien reivindica una sociedad de más autoridad, que se nos está yendo de las manos, que a los jóvenes les hace falta un poco de mano dura, que una bofetada a tiempo vendría de maravilla…. autoridad y poder.

Curiosamente, la liturgia de este fin de semana nos habla de un Jesús que habla con autoridad. Pero no como los letrados, los entendidos de la ley de aquella época, sino que sus palabras liberaban a las personas de «espíritus malignos».

Es verdad, por otra parte, que estamos viviendo una crisis de autoridad, la confianza que teníamos en las instituciones parece que se nos está desvaneciendo, ya no es lo que era o lo que nosotros creemos que tendría que ser. Incluso dentro de la propia Iglesia, parece que estamos viviendo un tiempo de marejada en esa barca de Pedro, en la que no sabemos hacia donde vamos ni como vamos.

Pero la autoridad de Jesús, es una autoridad para fuertes y valientes. Es la autoridad que se acerca al pobre y oprimido por el mal y le dice con energía que se calle y salga de ese hombre. Manda callar a esas voces que no dejan que los hombres puedan encontrar se con Dios y consigo mismo, poder recuperar el silencio en lo más profundo del ser humano.

No pocos de nosotros vivimos en nuestro interior con imágenes falsas de Dios que les hacen vivir sin dignidad y sin verdad. Viven con un Dios que extiende una sombra que amenaza y que controla un Dios opresor.

Me pregunto si , en este tiempo también de gran incertidumbre y quizás hasta de miedo, no es el momento de volvernos hacia Jesús y empezar a enseñar como lo hacía él. La palabra de nuestra querida Iglesia, nuestra palabra como discípulos que por el bautismo nos hemos comprometido en esta maravillosa aventura, ha de ser y de nacer del amor real a las personas, sean del color que sean y de la confesión religiosa que sea. Ha de ser una palabra que hemos de decir después de una atenta escucha del sufrimiento que hay en el mundo, no antes de escuchar al mundo. Ha de ser una palabra capaz de acompañar la vida doliente del ser humano.

Necesitamos una palabra más liberada de la seducción del poder y más cercana al Espíritu de Jesús. Una enseñanza que nazca del respeto y de la estima positiva de las personas, que genere esperanza y que cure heridas que hay muchas. No me gusta quedarme con la idea de una Iglesia en la que solamente se escuche la palabra de los letrados y no la palabra amable y cariñosa de quien acoge, escucha y ama.

Precisamente María, es el prototipo de acogedora, que escucha y que ama, que bajo la advocación de la Candelaria cubre con su manto no solamente al pueblo de Ingenio, ( y a todos los pueblos que la tienen como patrona) sino a todos sus hijos.

Amigos, hablemos con autoridad coronaria (del corazón) y no con la de la ley, que esta mata.

Hasta la próxima. Paco Mira

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