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DE REY CON CETRO, CREO QUE POQUITO.

 

Se acaba el año. Sí. Este fin de semana tendríamos que desearnos felicidad, prosperidad, los mejores augurios…. porque el año se va. Claro, no es la despedida con las uvas y con el cava, aunque también podríamos añadirle esto último. Se nos acaba el año litúrgico, se nos va el evangelio de Mateo y nos viene el de Marcos. Y se nos acaba el año con un juicio, el juicio final. Uff, ¡peligro!.

Muchos, yo el primero, queremos quizás que no se acabe ya el año, pero sí que se nos vaya esta penuria que estamos pasando. Seguro que es la hora de volver la vista atrás, de cómo hemos funcionado a lo largo de doce meses, de recorrer un camino de lo que pudimos hacer y no hicimos y pedir perdón por lo errores cometidos, entre ellos la propagación – en muchos casos – de un bichito llamado covid19.  Ha sido un año en el que nos dejaron infinidad de ancianos, de raíces familiares que han propagado nuestro árbol genealógico, y a los que tanto debemos. Por ellos, sí deberíamos levantar una copa y decirles gracias.

 Seguro que también a lo largo de este año alguno nos puede recordar algo similar a ” tú no te acordarás, pero hace años que me dijiste una cosa que me hizo mucho daño, y no se me ha olvidado”. La verdad que tenemos una memoria prodigiosa para recordara aquello que pudimos haber hecho, pero que no hicimos, aquello que nos dijeron y que no tuvimos la facultad de olvidar y de perdonar. Seguimos recordando con dolor y acritud.

Pero claro, el covid19 también nos ha recordado que hay que tener un hueco para hacer aquellas cosas que normalmente hacemos, pero de otra manera, porque incluso a nivel de fe, ya no vale lo que hacíamos como hasta ahora: ¿dónde quedan aquellas familias que iban con sus hijos a compartir la fe los domingos?, ¿el virus les hizo perder la fe?. No me lo creo. El distanciamiento social se ha convertido en la excusa barata para abandonar lo que no teníamos bien agarrado.

 “Vengan, benditos de mi padre”, eso  es lo que nos dirá en el mañana nuestro Padre Dios. Nos lo dirá a todos, pero nos exige consecuencia en el hoy. No tenemos un Dios juez, un Dios fiscalizador de maldades, de adversidades, …. tenemos un Dios amoroso de corazón enorme que abraza a sus hijos porque les quiere y les ama y el deber de los hijos es la reciprocidad: quererle y amarle.

 Vamos a entrar en el adviento. Vamos a cantarle a la esperanza. Esperanza de que las cosas pueden ser mejores e ir a mejor, pero que también depende de todos y cada uno de nosotros en que eso se convierta en realidad. El llanto y el rechinar de dientes es una forma de animar a que las cosas pueden ser mejores de lo que son. Y eso es lo que fomenta el ser cristiano. Nuestro Padre no es un Padre de calamidades, como los profetas malos de antaño, sino un Padre de esperanza que cuenta con sus hijos para que las cosas funcionen mejor de lo que están funcionando.

 No hay un Cristo Rey a la usanza de lo que conocemos. Cuando Pilato le pregunta si es Rey, se lo pregunta a un hombre destrozado y humillado y de esos son los que no quiere la prensa del corazón, porque no lleva cetro ni deja dinero en las televisiones que destripan al personal,  pero sí queremos nosotros porque nos marca el Camino, porque es la Verdad y para nosotros es la Vida.

Amigos, FELIZ AÑO.

                                                                                                                                                                  Hasta la próxima. Paco Mira

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