GRACIAS A DIOS, NI SE APELLIDA NI ES MATAMOROS.

Después de once años (que se dice bien pronto), volvemos a tener un año Jacobeo o xacobeo. Es decir, la fiesta del testimonio y de la entrega, la celebramos en domingo (bien es cierto que lo podemos celebrar cualquier día de la semana). Santiago, el Apóstol, este año cae en domingo.

También hay que valorar que después de todo lo que hemos pasado con la pandemia de marras, de que todavía no estamos recuperados del todo de los catorce meses anteriores, que parece que estamos inmersos en una nueva ola (y van cinco y seguro que no sabemos las que nos quedan), que los casos están repuntando de nuevo ante la irresponsabilidad de quienes se creen en posesión de una verdad que es cuantificable y no se puede dejar a la buena de Dios… pues resulta que nuestro querido Papa no nos concede un año jacobeo, sino dos. Ha empezado el 1 de enero del 2021 y terminará el 31 de diciembre del 2022, aunque aquí el 25 caiga en un lunes.

En el fondo me gusta. Así nadie tendrá la disculpa de que no se ha enterado; nadie tendrá la disculpa que no ha podido acercarse al testigo de la fe que quiere tomar como ejemplo; nadie tendrá la disculpa que no ha tenido tiempo: tenemos dos años, ni más ni menos.

Es verdad que a nuestro protagonista le han apellidado con algo que no es verdad (matamoros). Ni siquiera sabemos a ciencia cierta (más improbable que probable) si sus restos reposan en la mismísima catedral de Santiago de Compostela (Campo de estrellas). Lo que sí tenemos claro es que alguien convencido de su fe y que a su vez da testimonio de la misma, es capaz de mover montañas y atraer hacia sí a millones de personas. Nosotros nos damos con la cabeza contra las piedras par intentar ver lo que podemos hacer para recuperar lo que la pandemia nos ha quitado y que ha llevado a que se vacíen nuestros templos.

Santiago ha sido y es un ejemplo de fe. Como tantos que todavía caminan con nosotros desde el anonimato, que seguro que viven a nuestro lado, que nos enseñan todos los días lo que tenemos que hacer y sobre todo cómo tenemos que hacerlo, y no tienen una imagen en alguno de nuestros templos, pero ¿qué mejor templo que su propia vida?.

Todos ellos marcan un camino, como el camino de Santiago, de María, de Juan, de Suso, de Pino…un camino que no es otro que el encuentro, que la solidaridad, el silencio, la sonrisa, a veces el sufrimiento de los rigores del propio camino, pero que nos lleva a no querer dejarlo y a seguir adelante porque hay una fuerza que seguro que no sabemos explicar, pero que nos lleva a no querer dejarlo. Nuestra vida está llena de señales que nos indican el camino, y en más de una ocasión nos perdemos.

LLegar a Santiago es pasar por la puerta que nos conduce al abrazo con el testigo. ¡Qué nos cuesta abrazar a quien no concuerda con nosotros o que sencillamente no ha hecho el mismo camino!. Todos los testigos de la fe, con nombre y apellidos, abrazan a los anónimos, a los sin nombre o sin techo, o sin comida, o que no llegan a fin de mes, o a los que están solos, o a los que mueren en la cama de un hospital sin nadie al lado, o a los que están en las colas del hambre. Estoy convencido que hay muchos santiagos de la vida que no tienen hueco en ninguna catedral.

Le han etiquetado de matamoros. Espero que quien lleva ese apellido no se sienta orgulloso de lo que todos entendemos por ello. Un testigo de la fe nunca persigue personas, persigue la verdad y nunca dejará de hacerlo hasta que le haga libre.

Felicidades a los gallegos, a la gente de Gáldar, a los de Tunte… felicidades a todos los que enarbolan la bandera de la buena noticia y que sirven de testigos para los demás.

 Hasta la próxima. Paco Mira

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