HAY QUE SALVAR LA SEMANA SANTA.

¡Fuerte lío el de la pandemia!. Este terremoto contagioso ha logrado que todas las perspectivas que uno tenía de futuro, se conviertan en perspectivas de presente y siempre con la incertidumbre de si se pueden cumplir o no. Depende del nivel de alerta que el gobierno nos marque. Miramos al cielo, rezamos los que sabemos y el que no sabe, balbucea lo que puede.

En nuestra bendita tierra, también miramos al cielo. Lo hacemos desde el punto de vista económico, y casi desde febrero hemos oído, «salvar la semana santa». Son muchos, en nuestra isla, que viven del turismo y las necesarias medidas restrictiva para evitar contagios hacen peligrar sus puestos de trabajo, pero seguimos soñando con «salvar la semana santa».

Yo, desde hace mucho, llevo reivindicando el salvar la semana santa. Ahora, como nos han zarandeado, volvemos a clamar, cual voz que grita en el desierto, que hay que volver a la esencia, hay que volver a cantar hosanna al Hijo de David, hay que volver a llenar, con aforo reducido, nuestros templos, porque es semana santa.

Seguro que si no estuviéramos en pandemia, no gritaríamos eso de salvar la semana santa. Volveríamos a llenar nuestros hoteles, las playas estarían a rebosar, el aeropuerto no tendría ya más capacidad, hablaríamos en términos económicos y diríamos que nuestra campaña habría sido de las mejores. Nadie, seguro que nadie, quizás se acordó que en nuestras iglesias sigue habiendo sitio, para entonar hosanna al Hijo de David.

Pero salvar la semana santa, no es acudir a los templos como meros espectadores. Quiero creer que no somos insensibles al sufrimiento de un hombre. No quiero creer que no nos produce escalofrío el oír los golpes de unos látigos en la espalda de un inocente; quiero creer que no nos lavamos las manos ante tantas injusticias en el mundo de hoy y seguimos cantando hosanna al Hijo de David.

Aunque este año no haya procesiones, aunque muchos actos litúrgicos se suspendan, tendremos lo esencial, que además es lo único importante: acompañar desde la llegada a Jerusalén (hemos tardado cuarenta días en llegar) hasta pasar por el servicio, la crueldad de una pasión y la resurrección, pero sobre todo dejándonos cuestionar por todos y cada uno de los acontecimientos que vivimos.

Probablemente tendremos que preguntarnos si somos de los que nos asomamos a la vereda del camino para levantar el olivo y cantar bendito el que viene en nombre del Señor cuando las cosas nos van bien, o por el contrario cuando los vientos no nos son favorables somos de los que gritamos con gran fuerza, crucifícalo.

Quizás tengamos que preguntarnos si somos capaces de velar con Jesús o dormirnos en los laureles o en los olivos como los amigos de Jesús. No podemos encerrarnos en nuestra sociedad del bienestar, ignorando a esa otra sociedad del malestar en la que millones de seres humanos nacen para extinguirse a los pocos años de una vida que solo ha sido sufrimiento. No es humano ni cristiano instalarnos en la seguridad olvidando a quienes solo conocen una vida insegura y amenazada.

Cuando los cristianos levantamos nuestros ojos hasta el rostro del crucificado, contemplamos el amor insondable de Dios, entregado hasta la muerte por nuestra salvación. Si lo miramos más detenidamente pronto descubrimos en ese rostro el de tantos otros crucificados que, lejos o cerca de nosotros, están reclamando nuestro amor solidario y compasivo.

Lo dicho, Salvemos la Semana Santa.

Hasta la próxima. Paco Mira

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