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¿ Qué dice la iglesia ?

El Papa San Juan XXIII a quien se llamó cariñosamente “párroco del mundo” definía la Parroquia como “esa fuente de la aldea a la que todos acuden a calmar su sed”. Siempre recordamos aquella noche del 11 de octubre de 1962, con una espléndida luna… La plaza de San Pedro estaba llena de gente porque esa tarde se había inaugurado el Concilio Vaticano II. El Papa no tenía pensado salir a la ventana, pero salió. No tenía pensado hablar, pero habló. Lo que dijo aquel día, hoy lo conocemos como El Discurso de la Luna:

Volviendo a casa encontraréis a vuestros niños. Hacedles una caricia y decidles: esta es la caricia del Papa. Encontraréis también algunas lágrimas que secar, decidles una palabra buena: el Papa está con vosotros, especialmente en las horas de la tristeza y la amargura. En fin, recordemos todos, especialmente, el vínculo de la caridad y, cantando, o suspirando, o llorando, pero siempre llenos de confianza en Cristo que nos ayuda y nos escucha, procedamos serenos y confiados por nuestro camino.

Este talante y estas palabras del “Papa bueno” nos ayudan a introducir en estos párrafos que intentan adentrarnos, con la ayuda de los últimos Papas, en la identidad y misión de la Parroquia en pleno siglo XXI.

San Pablo VI, en la Exhortación apostólica Evangelii Nuntiandi (1975) afirmaba:

Ante todo, y sin necesidad de repetir lo que ya hemos recordado antes, hay que subrayar esto: para la Iglesia el primer medio de evangelización consiste en un testimonio de vida auténticamente cristiana, entregada a Dios en una comunión que nada debe interrumpir y a la vez consagrada igualmente al prójimo con un celo sin límites. “El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan —decíamos recientemente a un grupo de seglares—, o si escuchan a los que enseñan, es porque dan testimonio”. San Pedro lo expresaba bien cuando exhortaba a una vida pura y respetuosa, para que si alguno se muestra rebelde a la palabra, sea ganado por la conducta. Será sobre todo mediante su conducta, mediante su vida, como la Iglesia evangelizará al mundo, es decir, mediante un testimonio vivido de fidelidad a Jesucristo, de pobreza y desapego de los bienes materiales, de libertad frente a los poderes del mundo, en una palabra de santidad. (nº 41)

El venerable Papa Juan Pablo I hablaba así en la homilía de la Eucaristía con la que daba comienzo su ministerio petrino (1978):

La Palabra de Dios que acabamos de escuchar, nos ha presentado como en un crescendo, ante todo a la Iglesia, prefigurada y entrevista por el profeta Isaías (cf. Is 2, 2-5) como el nuevo Templo, hacia el que confluyen las gentes desde todas las partes del mundo, deseosas de conocer la ley de Dios y observarla dócilmente, mientras las terribles armas de guerra son transformadas en instrumentos de paz. Pero este nuevo Templo misterioso, polo de atracción de la nueva humanidad —nos recuerda San Pedro—, tiene una piedra angular, viva, escogida, preciosa (cf. 1 Pe 2, 4-9), que es Jesucristo, el cual ha fundado su Iglesia sobre los Apóstoles y la ha edificado sobre San Pedro, Cabeza de ellos (Lumen gentium, 19).

San Juan Pablo II definía la Parroquia como:

La Iglesia que se encuentra entre las casas de los hombres, ella vive y obra entonces profundamente injertada en la sociedad humana e íntimamente solidaria con sus aspiraciones y dramas. A menudo el contexto social, sobre todo en ciertos países y ambientes, está sacudido violentamente por fuerzas de disgregación y deshumanización. El hombre se encuentra perdido y desorientado; pero en su corazón permanece siempre el deseo de poder experimentar y cultivar unas relaciones más fraternas y humanas. La respuesta a este deseo puede encontrarse en la parroquia, cuando ésta, con la participación viva de los fieles laicos, permanece fiel a su originaria vocación y misión: ser en el mundo el «lugar» de la comunión de los creyentes y, a la vez, «signo e instrumento» de la común vocación a la comunión; en una palabra ser la casa abierta a todos y al servicio de todos, o, como prefería llamarla el Papa Juan XXIII, ser la fuente de la aldea, a la que todos acuden para calmar su sed. (Christifideles laici, 27)

La “expresión más visible e inmediata” de la Iglesia que “vive entre las casas de sus hijos y de sus hijas” (Christifideles laici, 26). La parroquia es la célula vital en la que se realiza naturalmente la participación de los laicos en la edificación y en la misión de la Iglesia en el mundo. Es presencia que invita constantemente a todo hombre a confrontarse con el sentido último de la vida; es puerta abierta a todos, para que cada uno pueda acceder al camino de la salvación. En una palabra, la parroquia es el lugar por excelencia del anuncio de Cristo y de la educación en la fe. Precisamente por eso necesita renovarse constantemente para llegar a ser verdadera “comunidad de comunidades”, capaz de una acción misionera verdaderamente incisiva.

Por último, en este año dedicado a la Eucaristía, no podemos por menos de recordar que la Eucaristía es el corazón de la parroquia, fuente de su misión y presencia que la renueva continuamente. En efecto, la parroquia es “una comunidad de bautizados que expresan su identidad principalmente por la celebración del sacrificio eucarístico” (Ecclesia de Eucharistia, 32). (Discurso del Papa Juan Pablo II a la asamblea plenaria del consejo pontificio para los laicos, Jueves 25 de noviembre de 2004, nº 3-4).

Por su parte, el Papa Benedicto XVI tuvo una intervención muy interesante en la que se refería de un modo muy directo a todas las estructuras eclesiales y a todos los cristianos: Citamos estas palabras suyas pronunciadas en Alemania en 2011, dirigidas a los participantes en un Encuentro con los católicos comprometidos en la iglesia y la sociedad:

A la beata Madre Teresa le preguntaron una vez cuál sería, según ella, lo primero que se debería cambiar en la Iglesia. Su respuesta fue: Usted y yo.

Este pequeño episodio pone de relieve dos cosas: por un lado, la Religiosa quiere decir a su interlocutor que la Iglesia no son sólo los demás, la jerarquía, el Papa y los obispos; la Iglesia somos todos nosotros, los bautizados. Por otro lado, parte del presupuesto de que efectivamente hay motivos para un cambio, de que existe esa necesidad. Cada cristiano y la comunidad de los creyentes en su conjunto están llamados a una conversión continua.

¿Cómo se debe configurar concretamente este cambio? ¿Se trata tal vez de una renovación como la que emprende, por ejemplo, un propietario mediante la reestructuración o pintura de su edificio? ¿O acaso se trata de una corrección, para retomar el rumbo y recorrer de modo más directo y expeditivo un camino? Ciertamente, estos y otros aspectos tienen importancia, y aquí no podemos afrontarlos todos. Pero por lo que se refiere al motivo fundamental del cambio, éste consiste en la misión apostólica de los discípulos y de la Iglesia misma.

En efecto, la Iglesia debe verificar constantemente su fidelidad a esta misión. Los tres Evangelios sinópticos destacan distintos aspectos del envío a la misión: la misión se basa ante todo en una experiencia personal: “Vosotros sois testigos” (Lc 24, 48); se expresa en relaciones: “Haced discípulos a todos los pueblos” (Mt 28, 19); trasmite un mensaje universal: “Proclamad el Evangelio a toda la creación” (Mc 16, 15).

El Papa Francisco quiso hablarnos, desde el comienzo de su pontificado, de la importancia que tiene la Parroquia dentro de la Iglesia y en medio del mundo en su exhortación apostólica Evangelii gaudium (2013):

La parroquia no es una estructura caduca; precisamente porque tiene una gran plasticidad, puede tomar formas muy diversas que requieren la docilidad y la creatividad misionera del Pastor y de la comunidad. Aunque ciertamente no es la única institución evangelizadora, si es capaz de reformarse y adaptarse continuamente, seguirá siendo «la misma Iglesia que vive entre las casas de sus hijos y de sus hijas». Esto supone que realmente esté en contacto con los hogares y con la vida del pueblo, y no se convierta en una prolija estructura separada de la gente o en un grupo de selectos que se miran a sí mismos. La parroquia es presencia eclesial en el territorio, ámbito de la escucha de la Palabra, del crecimiento de la vida cristiana, del diálogo, del anuncio, de la caridad generosa, de la adoración y la celebración. A través de todas sus actividades, la parroquia alienta y forma a sus miembros para que sean agentes de evangelización. Es comunidad de comunidades, santuario donde los sedientos van a beber para seguir caminando, y centro de constante envío misionero. Pero tenemos que reconocer que el llamado a la revisión y renovación de las parroquias todavía no ha dado suficientes frutos en orden a que estén todavía más cerca de la gente, que sean ámbitos de viva comunión y participación, y se orienten completamente a la misión. (nº 28).

Por último, queremos citar las algunas palabras que nos dirigía nuestro obispo, D. Francisco Cases Andreu, en el año 2006, en la carta pastoral “Les hablo de Jesús Nazareno” (Hechos 2, 22). Meditación para animar creyentes al inicio del Curso pastoral. Nos recordaba a todos la importancia de la comunión. Queremos que nuestra Parroquia siempre viva en comunión profunda con toda la Diócesis en la que está inserta y en sus orientaciones y caminos pastorales. Así hablaba nuestro obispo:

Construir un Plan de Pastoral es precisamente dar forma a todas estas observaciones, para que, convertidas en objetivos concretos para cada curso, para cada campo de la pastoral y para cada parroquia y cada comunidad, nos ayuden a crecer como creyentes en los años sucesivos. Un ejemplo para entendernos. De todos es conocido el carisma con el que San Francisco de Asís enriqueció a la Iglesia de su tiempo: el Evangelio es la verdadera y la ˙nica norma de la vida cristiana. Pero, siguiendo las indicaciones de la Iglesia, convirtió este principio básico en una Regla concreta, que ordenaba y unía la vida de sus seguidores y les ayudaba a mantenerse fieles. Algo parecido podríamos decir nosotros: no hay más Plan de Pastoral que el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo, no hay más programa que la vida de Cristo, y no hay ayuda más eficaz que la fuerza de su Espíritu. Pero podemos y debemos convertir esta realidad fundamental en unas muletas que nos sirvan de apoyo para nuestra debilidad. Un hermoso texto de Juan Pablo II lo indica con precisión: No se trata, pues, de inventar un nuevo programa. El programa ya existe. Es el de siempre, recogido por el Evangelio y la Tradición viva. Se centra, en definitiva, en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar e imitar. Sin embargo, es necesario que el programa formule orientaciones pastorales adecuadas a las condiciones de cada comunidad… En las Iglesias locales es donde se pueden establecer aquellas indicaciones programáticas concretas -objetivos y métodos de trabajo, de formación y valorización de los agentes y la búsqueda de los medios necesarios- que permiten que el anuncio de Cristo llegue a las personas, modele las comunidades e incida profundamente mediante el testimonio de los valores evangélicos en la sociedad y en la cultura (Novo millenio ineunte nº 29).

Oración por nuestra Parroquia

 

Padre, que hiciste de la Iglesia

Sacramento universal de salvación,

y en tu amor providente quisiste

que estuviera presente en cada una

de nuestras comunidades parroquiales,

te damos gracias por nuestra Parroquia;

en ella vamos aprendiendo a amarte y seguirte.

Haz que nuestros grupos y comunidades

sean lugares donde nos queramos y respetemos,

espacios donde vivamos como hermanos,

donde, unidos, nos esforcemos por hacer presente tu Reino.

Haz crecer en todos los miembros

de nuestra comunidad parroquial

el compromiso de escuchar, celebrar,

testimoniar y anunciar tu Palabra.

Señor Jesús, haznos descubrir tus deseos

sobre cada uno de nosotros:

hacia dónde tenemos que dirigir

nuestros esfuerzos, qué tenemos que hacer,

en qué debemos trabajar y de qué debemos

de ocuparnos para servir más y mejor

a los hermanos, de modo especial a los

más necesitados, cumplir tu voluntad.

Espíritu Santo ayúdanos a ser una iglesia

en salida, una comunidad de hermanos,

acogedora de todos los carismas,

una verdadera familia.

Que podamos convertirnos en abrazo

para el que sufre, en cobijo para el pobre,

en sonrisa para el triste, conscientes

de ser peregrinos hacia la Casa del Padre.

María, Madre de la Iglesia,

cuida de nuestra parroquia, como lo hiciste,

con tu alegría y ternura, del hogar de Nazaret.

Amén.

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